lunes, 25 de junio de 2007

San Agustín y el maniqueismo

Escuela de Filosofía

Materia: Seminario de Autor Medieval

Tema: Ensayo final

Nivel: 2

Nombre del estudiante: Roberto Calderón F.

La intención de este ensayo consiste en mostrar el paso que hizo san Agustín desde el maniqueísmo al cristianismo y opinar sobre los motivos internos que movieron su idealismo del neto conocimiento del bien y del mal a la práctica que pretende trascender los opuestos a través del amor a Dios y a su hijo que se sacrificó por los seres humanos y el cual libera de todo pecado.

En el libro III de sus confesiones Agustín cita a la “verdad maniquea” por primera vez y explica ampliamente las bases filosóficas que sostenía esta secta. Ya en libro V anuncia el momento en que renunció al movimiento maniqueo por no estar totalmente seguro de lo que creía y por estar por vez primera estudiando de catecúmeno las sagradas escrituras y siguiendo de esta manera lo que su madre siempre quiso para él, que se convirtiera poco a poco al cristianismo.

Los maniqueos en primera instancia despiertan el interés de san Agustín por su tesis respecto a los dos principios primarios que sostienen el mundo de lo conocido: el principio responsable del bien y el principio responsable del mal; el principio de la luz y el principio de la oscuridad; vida y muerte, ascenso y descenso.

La eterna lucha entre estos dos principios interesaba mucho a san Agustín por los cuestionamientos que se venía haciendo desde antes en su propia vida respecto a lo correcto y lo incorrecto; virtud o pecado.

Por esto, Aurelio Agustín se introduce de manera radical en este planteamiento maniqueo y lo estudia a fondo para tratar de encontrar la verdad que lo lleve a la paz interna.

Yo propongo que Agustín desiste de los maniqueos cuando se cuestiona una base principal de esta ideología: Los maniqueos plantean que el bien y el mal son dos fuerzas contrarias que disponen ellas mismas de la voluntad del hombre y no al revés; que la voluntad del hombre puede decidir entre estos dos caminos. De alguna manera el planteamiento maniqueo anula la idea de la libre voluntad del ser humano y coloca la suerte del hombre en una especie de destino prefijado por la voluntad de estos dos principios que rigen la vida.

San agustín, al empezar a estudiar las enseñanzas de las escrituras sagradas (libro V; Cáp.: 14) se topa con un planteamiento parecido. El bien y el mal se convierten en Dios y el Demonio, dos principios antagónicos que rigen a la humanidad. Explica que Dios a razón de la libre voluntad humana, permitió que surja en el mundo humano algo radicalmente externo y ajeno a la primera voluntad y naturaleza con la que Dios creó el mundo (que es el amor infinito y bondad pura).

San Agustín plantea que Dios creó el mundo a través de la nada (ex nihilo) y dice que en ese momento los primeros hombres (adán y Eva) eligieron por la libre voluntad algo ajeno a su creador: la guerra entre los opuestos complementarios.

Y digo opuestos complementarios porque es evidente que la luz no existiría sin la oscuridad ni el arriba sin el abajo. De alguna manera para la existencia del cielo tiene que existir un infierno así como para que un árbol se conforme en un ente completo e íntegro en sí mismo tiene que crecer su copa hacia el cielo y en la misma medida sus raíces tienen que introducirse en las oscuras profundidades de la tierra.

En mi sincera opinión yo diría que san Agustín olvida que, aunque se sostenga aquello de que hemos errado el camino como raza al elegir por libre voluntad este otro principio (el mal) que parece siempre estar en confrontación con el primero aquel por el que fuimos creados (el bien), el universo conocido, desde nuestro presente y sin lamentarse de ninguna decisión tomada por nuestros supuestos primeros padres (Adán y Eva), lo q ue vivimos lo vivimos desde el nacimiento en ambos principios por igual. Un bebé va a llorar histéricamente para pedir su alimento así como sonreirá amorosamente cuando quiera iluminar la vida de sus padres.

De alguna manera, estos dos principios son parte fundamental de nuestra presente naturaleza humana. El cuerpo y el alma conforman lo que llamamos “yo” y es en este “yo” en el que todos hemos nacido. Y aunque no nos guste a veces la idea, la carne es tan necesaria como el alma para que nos reproduzcamos tal como dios manda en el génesis: “creced y multiplicaos” dijo.

Yo no se que otra opción de reproducirse tuvieron Adán y Eva antes de comer el fruto prohibido del Árbol del conocimiento del bien y del mal pero lo que si puedo asegurar es que la oposición-filiación entre los dos principios es la única naturaleza que nos une y nos separa en el presente tal y como es. Y, ¿no se desarrolla en el presente real y concreto la verdadera filosofía y realización del ser humano? De ésta manera no puedo entender cómo san Agustín condena el comportamiento de el más tierno de los infantes al pedir alimento para su supervivencia, siguiendo la voz del instinto que Dios mismo puso en él. Propone que todo en esta vida es pecado pero no resalta el amor que en igual medida fue necesario para que ese mismo niño nazca.

Es decir, el ser humano puede representar estos dos principios opuestos y complementarios: el hombre es hombre y la mujer es mujer, de la misma manera la luz es luz y la oscuridad es oscuridad. El bien nunca puede ser mal y viceversa el mal no puede ser mal según sostiene Parménides con su frase: Lo que es, es y lo que no es, no es. Pero a la vez que estos dos principios se excluyen de manera radical, hay que aceptar que es necesaria su unión para que nazca algo nuevo. Como mencioné antes, el bebé es el resultado del amor entre los opuestos complementarios. Así como la vida no podría existir en nuestro planeta sin que la luz y la oscuridad, aunque opuestos radicales, se amen y mantengan la temperatura en perfecta armonía, armonía sagrada y misteriosa a la que debemos la existencia.